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Doce Pruebas de la inexistencia de Dios
prólogo de Alejandro Kaufman e ilustraciones de León Ferrari


La Voz del interior
por Gustavo Nielsen

Si tuviera la suerte de tener que diseñar una sociedad, lo primero que intentaría instalar sería la idea de Dios. Alguien que te ama, pero que también te castiga. Alguien invisible que te ve y sabe todo lo que hiciste. Alguien que solamente te va a premiar después de muerto. Alguien al que hay que pagarle para que siga funcionando.

Es un proyecto cómodo. Me ahorraría unos cuantos sueldos de policía cuando algunos de los habitantes de mi sociedad se autorrepriman de delinquir por miedo al Ser. La zanahoria en este caso también me saldría gratis: el premio viene únicamente si te morís. No es en dinero ni regalos, es un premio espiritual. Aunque, para mantener la idea de Dios, tendrás que pagarme un diezmo durante toda tu vida.

No tengo ninguna duda: si tuviera que diseñar una sociedad nueva, volvería a tratar de que creyeran en Él.

Cualquier publicista me diría que vender la idea de Dios desde cero es como barrer una escalera para arriba. Los adivinos y las brujas que inundan los clasificados de los diarios me dirían que no tanto. La gente con problemas tiene predisposición para creer en algo salvador y... ¡quién no tiene problemas! Las loterías y las tiradas de cartas son una especie de dios menor que a lo mejor nos cambia la vida. Hay otra vida posible y está detrás de eso mágico. No podemos llamarle más que magia al número que sale en el Quini 6: la idea de sacar seis plenos seguidos a la ruleta es inadmisible desde el lado de las probabilidades. Tengo el presentimiento de que no ha salido más de dos o tres veces en toda la historia del juego. Y los demás ganadores fueron una parodia para alimentar el sistema.

La parodia es fundamental. En religión se la llama milagro. Yo conocí a un jardinero muy enfermo que se hacía atender por un manosanta de Moreno. Dijo que vio cómo un paralítico abandonó la silla de ruedas y caminó. El jardinero se llamaba José; murió luego de cederle su casa al manosanta para que le hiciera el milagro de quitarle el cáncer.

Quien dice manosanta dice catolicismo. Los términos generales de convencimiento son los mismos: los milagros están ahí, escritos en la Biblia, preparados para ser creídos. Empezando por una mujer virgen que parió a una criatura, hasta Lázaro: levántate y anda.

Lo cierto es que no creer en Dios es muchísimo más difícil que creer. Primero, porque hay que rebuscárselas solo, sin pedir. Suponer que hay alguien por ahí que nos ayuda, aunque sea el hombre invisible, puede darnos fuerzas imprevistas. Yo las debo buscar en mí mismo o en mis amigos, sin apelar a ninguna fantasía.

Segundo, porque uno se encuentra con que hay muchos creyentes desperdigados por el mundo: son un ejército.

Estoy seguro de que esta columna provocará en más de un lector ganas de responderme. Sépanlo: no he tenido la intención de ofender a nadie.

Tercero: ser un ateo combativo da un montón de trabajo. Díganselo, sino, a los que acaban de armar un congreso de ateísmo en la Argentina. Apostatar es mil veces más difícil que ser bautizado. Los trámites son engorrosos, un plomazo.

Ser ateo combativo implica escribir esta nota, por ejemplo. O un libro, salvando la distancia, como hizo el anarquista Sébastien Faure en 1900: Doce pruebas de la inexistencia de Dios. Lo nombro porque acaba de ser reeditado por Ediciones Godot. Faure es un pedagogo: desmiente racionalmente, mediante la lógica, cada uno de los preceptos religiosos que sostienen a la Iglesia.

Vale la pena leerlo, aunque sea para pensar un poco. Yo lo había leído de chico, e intentaré releerlo esta misma noche.

Si Dios quiere, claro.