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Doce Pruebas de la inexistencia de Dios
prólogo de Alejandro Kaufman e ilustraciones de León Ferrari

Hablando del Asunto por Matías Fernández

Pobre Faure, intenta demostrar la inexistencia de dios. Parecen no haberle advertido que para que exista una pelea hace falta que haya, como mínimo, dos personas. O instituciones.

Doce pruebas de la inexistencia de Dios es un libro breve pero contundente. Un libro que contiene en si el enojo del pensamiento libre pero también sus propias contradicciones que parten desde el título con un Dios en mayúscula.

Sebastian Faure fue un pensador y activista anarquista del siglo XIX. Nació en Francia en 1858 y fue educado bajo una férrea doctrina católica, incluso “cursó” el seminario sacerdotal, pero lo abandonó después de la muerte de su padre.

Estos datos están incluidos en la pequeña reseña biográfica del libro a cargo del editor.

También están incluidos en el libro una serie de ilustraciones sobre el tema de León Ferrari, cedidas especialmente para la edición de este libro.

Qué curioso, la iglesia produce en su seno el odio más profundo.

El libro tiene una sección introductoria y más adelante está dividido en tres secciones: “Contra el Dios creador”, “Contra el Dios gobernador o providencia” y por último “Contra el Dios justiciero”. La primera sección contiene siete pruebas, la segunda cuatro y la tercera y última, dos.

Todos los argumentos de Faure intentan horadar los principios doctrinarios de la iglesia de una forma que no quisiera llamar ingenua sino más bien directa, sin prevenciones filosóficas. Simplemente toma un argumento, lo eleva a la hipérbole y una vez en esas alturas lo estalla en mil pedazos.

Faure es un peleador que no está dispuesto a esperar. Entonces encadena una serie de incongruencias que evidentemente fallan y mete su golpe fatal.

Claro que no tiene en cuenta que no tiene adversario, que la iglesia no está allí para escuchar, porque lo que él no puede atacar es el fenómeno de la fe.

Parece darse cuenta hacia el final del libro, en la sección “Recapitulación” que su enojo es vano al reconocer:

El Dios que yo he querido negar y del que ahora puedo decir que he negado su posibilidad, es el Dios de las religiones, el Dios Creador y Justiciero, el Dios infinitamente sabio, justo y bueno, que el clero se jacta en representar sobre la Tierra e intenta ofrecer a nuestra veneración.

Lo que Faure ataque e intenta destruir es el Dios católico. Ni siquiera cristiano. Los dardos se dirigen hacia los cimientos de una institución con pretensiones absolutas en un mundo de medias tintas.

El ejercicio del autor es, sobre todo, de libertad. Hay que entenderlo en el marco de un movimiento ácrata en plena ebullición y con una Iglesia mucho más poderosa que hoy, sin decir con esto que la de hoy no sea poderosa. La espiritualidad, podría decir Faure, es una potestad individual e irregulable.

Aunque con el paso del tiempo desde el siglo XIX hasta el XXI el anarquismo perdió casi por completo su poder político al convertirse en un movimiento muy minoritario, no perdió vigencia la filosofía libertaria que consiguió muchos de los derechos para civiles y trabajadores gozados hoy por todos. Nunca les importó demasiado conseguir rédito político de esas luchas. Eso es lo mejor.