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Textos escogidos de Lewis Mumford
prólogo y selección de Daniel Mundo

Dirario Crítica, 22 de Noviembre de 2009

Urbanista, historiador, uno de los últimos humanistas del siglo XX, el estadounidense Lewis Mumford (1895-1990) fue –y es– sobre todo el gran filósofo de la técnica. Aquel que pensó como pocos las mutaciones provocadas a lo largo de la historia por toda clase de artefactos en la sensibilidad y maneras de pensar: del automóvil y el avión al reloj, máquina clave de la era industrial moderna, que sometió como ningún otro invento a la humanidad entera.

¿Dónde tomó forma por primera vez la máquina en la civilización moderna? Evidentemente, tuvo su origen en varios puntos. Nuestra civilización mecánica representa la convergencia de muchas costumbres, ideas y modos de vida, así como la de muchos instrumentos técnicos; y algunos de éstos, al comienzo, se oponían directamente a la civilización que luego ayudaron a crear. Pero la primera manifestación del nuevo orden tuvo lugar en el cuadro general del mundo: durante los primeros siete siglos de la existencia de la máquina, las categorías de tiempo y espacio sufrieron un cambio extraordinario y todos los aspectos de la vida fueron afectados por esa transformación. La aplicación de métodos cuantitativos de pensamiento al estudio de la naturaleza tuvo su primera manifestación en la medición regular del tiempo; y la nueva concepción mecánica del tiempo surgió en parte de la vida diaria del monasterio. Alfred Whithead ha hecho resaltar la importancia de la creencia escolástica en un universo ordenado por Dios como uno de los fundamentos de la física moderna; pero detrás de esta creencia estaba la presencia del orden en las instituciones de la Iglesia misma.

Fue en los monasterios de Occidente donde el deseo de orden y poder se manifestó primeramente, después del largo período de incertidumbre y de sangrientos desórdenes que vio la decadencia del Imperio Romano. Dentro de las murallas del monasterio estaba lo sagrado: bajo la regla de la orden, la sorpresa, la duda y la abritariedad, así como irregularidad, quedaron eliminadas. Frente a las fluctuaciones erráticas de la vida mundana, en el monasterio imperaba la disciplina férrea de la regla. En el siglo VII, el Papa Sabiniano, en una bula, decretó que se tocaran las campanas del monasterio siete veces en las veinticuatro horas. Esas puntuaciones empleadas para dividir el día fueron conocidas con el nombre de horas canónicas y fue necesario arbitrar medios para llevar la cuenta de ellas y asegurar su repetición regular.

De acuerdo con una leyenda ahora caída en descrédito, el primer reloj mecánico moderno funcionaba por la acción de pesas y fue inventado por un monje llamado Gerbert, que a fines del siglo X se convirtió en el Papa Silvestre II. El monasterio era la sede de una vida regular, y puede decirse que el producto inevitable de esa vida era un instrumento que diera la hora a intervalos regulares o recordase al hombre que tiraba la cuerda de las campanas que había llegado el momento de hacerlo. Si bien el reloj mecánico no apareció hasta que las ciudades del siglo XIII exigieron una vida ordenada, la costumbre del orden mismo, regida por la hora, se convirtió en una segunda naturaleza de los hombres que moraban en el monasterio. Coulton está de acuerdo con Sombart en considerar a los Benedictinos, la gran orden trabajadora, como los fundadores originales quizá del capitalismo moderno: sus reglas ciertamente libraron al trabajo de su maldición, y sus grandes obras de ingeniería pueden hasta haber quitado parte de su encanto al arte de la guerra. Por lo tanto, no se exageran los hechos cuando se sugiere que los monasterios contribuyeron a dar a la empresa humana el ritmo y la pulsación regular colectiva de la máquina; en efecto, el reloj no sólo es un medio para llevar cuenta de las horas, sino también para sincronizar las acciones de los hombres.

¿Acaso fue debido a este deseo colectivo cristiano de asegurar el bienestar de las almas en la eternidad mediante plegarias y devociones regulares que la división del tiempo en horas y las costumbres temporales de orden se apropiaran de la mente de los hombres; costumbres que la civilización capitalista aprovechó para sí misma? Quizá cabe aceptar la ironía de esta paradoja.

Las nubes que podían paralizar el reloj de sol, las heladas que podían detener la clepsidra en una noche de invierno, ya no constituían obstáculos para medir el tiempo: tanto en verano como en invierno, de día como de noche, podía uno confiar en que el reloj se encargaría de esa función. Posteriormente dicho instrumento se propagó fuera del monasterio, y las horas dadas regularmente por las campanas sometieron la vida del trabajador y la del mercader a la regularidad. Las voces del campanario casi definían la existencia urbana. La medición del tiempo rigió las actividades del hombre; el tiempo fue racionado. A medida que ese proceso se llevaba a cabo, la eternidad dejó gradualmente de servir como medida y foco de las acciones humanas.

El reloj, y no por cierto la máquina de vapor, es la máquina-clave de la época industrial moderna. En efecto, en cada fase de su desarrollo el reloj demuestra ser el hecho más saliente y el símbolo más típico de la máquina. Aún en la actualidad, niguna otra máquina tiene como él el don de la omnipresencia. Así, al comienzo mismo de la técnica moderna, apareció en forma profética la máquina automática exacta, que sólo después de siglos de esfuerzos ulteriores había de demostrar asimismo la consumación final de su técnica en todos los ramos de la actividad industrial.

Además, el reloj es una máquina cuyo “producto” son los segundos y los minutos. Debido a su naturaleza misma disoció el tiempo de los acontecimientos humanos y contribuyó a fomentar la creencia en un mundo independiente, de secuencias matemáticamente mensurables: el mundo especial de la ciencia. Existe relativamente poco fundamento para esta creencia en la experiencia común humana: durante todo el año, los días tienen una duración distinta, y no sólo la relación entre el día y la noche cambia gradualmente, sino que un breve viaje de Este a Oeste altera el tiempo astronómico en cierto número de minutos. Considerado en términos del organismo humano, el tiempo mecánico es una cosa aún más extraña: en efecto, mientras que la vida humana tiene regularidades propias, el pulso y la respiración cambian de hora en hora con la disposición del ánimo y la acción, y, en el lapso más largo de los días, el tiempo no se mide por el calendario sino por los sucesos que ocurren durante la jornada. Si bien es cierto que el crecimiento tiene su propia duración y regularidad, detrás de él no se oculta simplemente la materia en movimiento, sino los hechos del desarrollo mismo: en suma, la historia. Y así, mientras el tiempo mecánico se extiende en una sucesión de instantes matemáticamente aislados, el tiempo orgánico -lo que Bergson llama duración- es cumulativo en sus efectos. El tiempo orgánico se mueve sólo en una dirección; pasa por el ciclo del nacimiento, del crecimiento, del desarrollo, de la decadencia y de la muerte; y el pasado que ya ha muerto permanece presente en el futuro que aún no ha visto el día.

Alrededor de 1345, según Thorndike, la división de las horas en sesenta minutos y de los minutos en sesenta segundos llegó a ser una cosa común: esta armazón abstracta del tiempo dividido se convirtió cada vez más en el punto de referencia tanto para la acción como para el pensamiento, y en un esfuerzo para llegar a la exactitud de esta rama, la exploración astronómica del cielo concentró aún más la atención en los movimientos regulares e implacables de los cuerpos celestes a través del espacio.

Lo mismo que con el automóvil y el avión, fueron las clases pudientes las que primero adoptaron el nuevo mecanismo y lo popularizaron: en parte porque esas clases eran las únicas que podían permitirse ese lujo, y en parte porque la nueva burguesía fue la primera en descubrir que, tal como Franklin lo dijo más tarde, “el tiempo es oro”. Llegar a ser “tan regular como un reloj” era el ideal burgués, y el ser dueño de un reloj fue durante mucho tiempo un símbolo definido de éxito. El ritmo cada vez más acelerado de la civilización creó una demanda, también cada vez mayor, de energía; y a su vez la energía aceleró el tiempo.

Ahora bien, la vida ordenada y puntual que adquirió forma por primera vez en el monasterio no es una característica natural de la humanidad, aun cuando actualmente los pueblos occidentales están a tal punto sometidos al régimen del reloj que esta sujeción constituye una “segunda naturaleza” de ellos y la consideran como un hecho natural. Muchas civilizaciones orientales han florecido sobre una base muy rudimentaria en lo que respecta al tiempo: de hecho los hindúes se han mostrado tan indiferentes a la hora que en su historia se observa una falta de cronología auténtica de los años. La popularización del hecho de tener presente la hora, que siguió a la producción del reloj barato estandarizado, primeramente en Ginebra y después en Estados Unidos, a mediados del siglo pasado, era esencial para un sistema bien articulado de transporte y de producción.

Pero el efecto del reloj mecánico es más extendido y estricto: rige el día desde que amanece hasta que llega la hora de descansar. Cuando uno se representa el día como un período abstracto de tiempo, no se mete en la cama a la misma hora en que los pollos se retiran al gallinero para dormir: se inventan bujías, chimeneas, iluminación a gas y lámparas eléctricas, a fin de aprovechar todas las horas que pertenecen al día. Cuando uno piensa en el tiempo no como una secuencia de experiencias sino como una colección de horas, minutos y segundos, se hace sentir la costumbre de agregar tiempo o de ahorrarlo. El tiempo asumió el carácter de un espacio cerrado: podía ser dividido o llenado, y hasta podía ser dilatado mediante la invención de instrumentos que economizaran trabajo.

El tiempo abstracto ha llegado a ser el nuevo medio de existencia. Aun las funciones orgánicas están reguladas por él: se come, no porque se sienta hambre, sino porque el reloj nos lo ordena. Se duerme, no porque uno esté cansado, sino porque el reloj lo indica.

Sólo hace falta imaginar su ausencia en la época actual para prever el quebrantamiento rápido y el derrumbe eventual de toda nuestra sociedad. Se hubiera podido llegar al régimen moderno industrial sin carbón, sin hierro y sin vapor, pero resulta difícil imaginar que ello hubiera podido ocurrir sin la ayuda del reloj.

*Textos escogidos fue publicado por Ediciones Godot.