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Textos escogidos de Lewis Mumford
prólogo y selección de Daniel Mundo


Ñ Sábado, 22 de Agosto de 2009
por Flavia Costa

Se cumple este año medio si¬glo desde que el físico y no¬velista británico C. P. Snow pronunció su famosa conferencia sobre “las dos culturas”, una cien¬tífica, la otra literaria, que se ha¬brían desarrollado en el Occiden¬te moderno y entre las cuales se habría ido expandiendo “un abis¬mo de mutua incomprensión”. El argumento, un tópico del roman-ticismo, se remontaba al menos ochenta años atrás: significati¬vamente en el mismo marco en que habló Snow, las conferencias Rede de Cambridge, el naturalista Thomas Huxley, abuelo del autor de Un mundo feliz, había dictado en 1880 una conferencia sobre el mismo tema.

El ensayista norteamericano Lewis Mumford (1895-1990) se veía a sí mismo habitando entre ambas corrientes. A lo largo de su vida escribió que el deber de la época consistía en “propiciar un matrimonio genuino entre la ciencia y las humanidades” (1923), “adoptar los valores de la ciencia y del humanismo” (1925), cicatri¬zar “la vieja herida abierta entre lo subjetivo y lo objetivo, lo interior y lo exterior, lo vital y lo mecánico” (1970).

Y se consagró a ese empeño. De formación autodidacta —al¬go que, como escribió hace poco Pablo Capanna, es posible cuando se confia más “en el contenido de los libros que en las solapas”—, fue periodista desde joven y abarcó un abanico de: problemas cuya varie¬dad a él mismo le resultaba un po¬co incómoda. En 1920 le escribió a su maestro y amigo, el biólogo escocés Patrick Geddes (1854-1932): “¿Qué soy? ¿Un periodista? ¿Un novelista? ¿Un crítico litera¬rio? ¿Un crítico de arte? ¿Un eru¬dito? ¿Un sociólogo? ¿Un artista? Por mis capacidades innatas, un emocional; por las adquiridas, un intelectual. ¿Debo tomar un único camino?”. No lo hizo. Se destacó como crítico de arquitectura en The New Yorker durante 30 años, escribió sobre Napoleón y sobre Melville, sobre la Tate Gallery y sobre lo que hoy llamamos “ecolo¬gía”. Con el tiempo, se convirtió en un urbanista lúcido y un pensador humanista cuya voz era escuchada con atención, no sólo por quienes coincidían con él, a tal punto que el historiador de la ciencia Paul Forman estima que fue tan influ¬yente para la generación de los 60 y 70 como Herbert Marcuse. In¬cluso en ámbitos científicos: entre 1969 y 1971 fue conferencista in¬vitado en el encuentro anual de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia.

A mediados de los años 30 es¬cribió un tratado de historia de la técnica, Técnica y civilización, cuyo capítulo introductorio está recogi¬do en esta breve pero sustanciosa antología. Allí expresó por prime¬ra vez dos ideas que pasaron a ser aportes clave para los estudios so¬ciales de la ciencia y la tecnología. Por un lado, cambió la idea misma de “máquina” al inscribir dentro de la historia de la técnica, y como uno de sus capítulos fundamen¬tales, las formas mecanizadas de organización social y de uniformización de los hombres: la “mega-máquina humana” que había sido creada y empleada en empresas tan antiguas como la construcción de las pirámides de Egipto. Según la lúcida observación de Mumford, “mucho antes de que los pueblos del mundo occidental se volvieran hacia la máquina, el mecanismo como elemento en la vida social había aparecido ya. [...] Los escla¬vos y los campesinos que arrastra¬ban las piedras para las pirámides, tirando al ritmo del restallido del látigo, los esclavos que remaban en las galeras romanas [...]: todos ellos fueron fenómenos de máqui¬na”. La segunda idea es que para entender la emergencia de la técni¬ca moderna es preciso remontarse hasta mucho más atrás que la re¬volución industrial; y trascender la simple historia de los inventos para empezar a captar la trama de costumbres, prácticas, pensamien¬tos y formas de vida que han dado lugar a la ideación y desarrollo de nuevos instrumentos.

Siguiendo a Geddes, sobre el final de ese libro y luego en otros textos, abogó por una “humaniza¬ción” de la técnica a manos de la psicología, la medicina y los medios de comunicación. A fines de los 60, decepcionado por los usos propagandísticos de la radio y la TV y por el poder de la tecnociencia y de los grandes aparatos po¬líticos, pasó a ser una especie de profeta pesimista, sin perder por eso su mirada penetrante.

En la Argentina fue tempra¬namente leído y traducido (uno de sus lectores fieles fue Ezequiel Martínez Estrada): en 1945 se pu¬blicó la versión castellana de Técnica y civilización en la colección que dirigía Eduardo Matiea para Emecé. Poco después, los tres volúmenes de La cultura de las ciudades (1938).

Esta compilación a cargo de Daniel Mundo rescata para los lectores contemporáneos algunos de sus temas y preocupaciones más recurrentes: la crítica de la “religión del automóvil” (en “La carretera y la ciudad”) y de los ras¬cacielos (en “Tratamiento de la piel y nuevas arrugas”), la revisitación del motivo spengleriano de la de¬cadencia de Occidente a través de las artes plásticas (en “Arte, técnica e integración cultural”), la defensa de la ciudad a escala humana con¬tra la “hipertrofia patológica” de la megalópolis, cuyo paradigma fue la Roma imperial (en “De la mega¬lópolis a la necrópolis”), la denun¬cia de la tecnificación del mundo y la uniformización del hombre (en “El hombre posthistórico”, donde Mumford sigue la tesis de su ami¬go Roderick Seidenberg: un autor que, si no lo conocen, descubrirán con interés los lectores de Kojéve y, en general, los interesados en el “posthumanismo”).