

notas introductorias de Mario Vargas Llosa
Martes 6 de noviembre de 2009
por Matías Fernández para Hablando del Asutno
Ya casi no existen utopistas, estoy seguro, me dirán si me equivoco, pero me parece que con la Primera Guerra Mundial se extinguieron los sueños de utopías en el mundo globalizado y capitalista. Lo que si existen son distopistas, si cupiera el término. Escritores, finos observadores que se realizan como críticos de nuestra sociedad. Van los ejemplos canónicos por excelencia de Huxley y Orwell. ¿Habrá sido el XX un siglo pesimista? A la luz de los hechos, de la extraordinaria violencia que contuvo, muy probablemente.
Pero las utopías tuvieron un cenit antes desaparecer en el siglo pasado y fue en el siglo precedente, el XIX. Quizás sea un error llamarlas utopías, aunque está comúnmente aceptado hacerlo. Acá podemos distinguir a esas creaciones de los textos clásicos como los de Tomás Moro, Campanella o Francis Bacon. Los utopistas del siglo XIX más bien produjeron textos programáticos con cierta dosis de utopismo o idealismo.
En esa categoría entra nuestro amigo, Charles Fourier, un pensador francés que hoy sería llamado "socialista", aún sin serlo del todo. Su idea más importante fue la creación del falansterio, una unidad cooperativa de trabajo que según él, produciría una nueva revolución industrial y productiva.
Se caracterizaría por tener un número fijo de integrantes, 1600 personas. Todos ellos vivirían juntos y no respetarían la estructura familiar tradicional. Según Fourier, los integrantes del falansterio serían felices trabajando, porque se respetarían las series pasionales, algo así como la predisposición natural de cada individuo para determinada tarea. Si las personas disfrutaran de sus tareas, el trabajo ya no sería un yugo y por lo tanto la productividad aumentaría.
Todo esto está planteado en el libro El Falansterio, de Ediciones Godot. Se trata de una selección de textos relacionados con el proyecto de la vida de Fourier.
Con frecuencia se ha sonreido ante las ideas de Fourier, a quien R. Ruyer, llama "maníaco simpático", y es cierto que su imaginación clasificadora lo arrastra a veces hasta las fronteras de la chifladura. No solo habrá horticultores, sino que, además, estos se dividirán en cerecistas, peristas incluso blanco-rosistas o amarillo-rosistas, con el pretexto de que a los niños les gusta la suciedad, se les encargarán tareas repulsivas; "diablillos" de dos a cuatro años desgranarán y seleccionarán los guisantes; madres apasionadas, las "niñeritas", se ocuparán de la educación colectiva; habrá incluso "bacantes" masculinos y femeninos para calmar las necesidades sexuales de los que carecen de compañía… [1]
Productividad es la palabra clave del libro. Según el pensador francés, con su propuesta, las naciones aumentarían geométricamente la productividad, no solo produciendo riqueza sino a través de impuestos directos. Hasta los obreros serían desmesuradamente ricos.
Ahí hay una clave a tener en cuenta, el falansterio sería una nueva unidad productiva, pero no por eso horizontal. Dentro de él se seguirían respetando las "clases" preexistentes en el mundo exterior. Personalmente no termino de entender cómo podría sostenerse un proyecto de este calibre perpetuando la estructura de clases, pero bueno, Fourier parece estar bien seguro de que sí se puede.
Tengamos en cuenta en qué período histórico se enmarca este proyecto, cuando la burguesía se había convertido en el poder dominante, tomando el control del mundo al tiempo que, revolución industrial mediante, veía venir su propia ruina. Fourier se muere en el año 1837 y el Manifiesto comunista se publica recién en el 48, como para considerar las ideas que circulaban en la época aún antes de la aparición de la titánica teoría marxista.
Ninguno de los escritores o de los empresarios aborda el fondo de la cuestión, el problema de asociar en gestión agrícola y doméstica no solamente las facultades pecuniarias e industriales de una masa de familias desiguales en fortuna, sino de asociar las pasiones, caracteres, gustos, instintos; de desarrollarlos en cada individuo sin chocar con la masa, hacer surgir desde la más tierna edad las vocaciones industriales que son numerosas en el niño, colocar a cada uno en los diversos puestos a los que la naturaleza lo llama, variar con frecuencia los trabajos y mantenerlos con el encanto suficiente para hacer nacer la vocación industrial. [2]
En fin, es divertido leerlo, ver en un museo esas ideas y concepciones acerca de qué había que hacer con la naciente sociedad capitalista.
[1] Historia de la literatura utópica, Raymond Trousson, Ediciones Península, Barcelona, 1995, p. 246/7 [2] El Falansterio (selección), Charles Fourier, Ediciones Godot, Buenos Aires, 2009, p. 30